Alegato

Relato para una tarde de sábado soleada.

Mis intenciones siempre fueron buenas. Sólo quería ser amado y cuidado, el noble deseo de compartir la vida con la persona amada. Ser una sola alma. Yo viviría para hacerla feliz, para sacar una sonrisa de su tierna boca y ella, a su vez, procuraría mi felicidad. Pasaríamos juntos los años viendo pasar lentamente las estaciones. Envejeceríamos unidos por nuestro amor, cuidándonos mutuamente los achaques. Moriríamos juntos y felices.

Por eso tuve que secuestrarla y llevarla amordazada hasta mi cabaña. Por eso me vi obligado a golpearla para que me dijera que me quería para siempre. Por eso la maté al descubrir que mentía. Ya nunca podré amar a nadie. Mis intenciones siempre fueron buenas.

Puré para cenar

Otro relato veraniego para pasar el rato. Lo he publicado también en El taller.

- Venga, que el puré está muy rico…
- ¡No quiero!
- Una última cucharada y no tendrás que comer más…
- ¡NO! ¡PUTA!

No me lo puedo creer. Estoy tan agotada que el disgusto me hace un nudo en la garganta. Ya es difícil educar a un crío sola como para que además en el colegio aprenda palabrotas.

- Eso te lo ha enseñado tu amigo Pablito, ¿verdad?
- Bueno…sí…
- Pues es una palabra muy fea que no se la debes decir a nadie, y mucho menos a mí, que soy tu madre, ¿lo entiendes?
- Sí, Mamá.
- Además, con algo tenemos que salir adelante, ¿no crees?

Lo de siempre

Los relatos en este blog se publican con cuentagotas, pero uno de vez en cuando no hace daño a nadie. Si queréis leer más y mejores relatos, visitad a Hernán y El Taller (donde humildemente participo).

-Oye, que te llamo un día de estos.
-Sí, sí, tenemos que quedar más a menudo.

Siempre la misma frase, siempre la misma mentira complaciente. Da igual que los dos sepamos que pasarán meses antes de volver a vernos, durante esos minutos de despedida intentamos creernos la mentira una vez más. Un abrazo, da recuerdos, que sí, que nos vemos.

Nos volveremos a ver al cabo de los meses, qué tal te va todo, sigues con la chica aquella, te veo como siempre. Nos preguntaremos por la familia como si fuéramos vecinos, empezaremos a hablar de algo sin importancia y acabaremos como siempre recordando aquellas fiestas, aquellas risas, aquellos tiempos. Aquellos días en los que eras mi mejor amigo.

Traidor

traidor
A través de los barrotes de mi celda puedo ver la horca en el centro de la plaza. Cuando salga el sol dentro de unos minutos, moriré colgado, condenado por alta traición.

El terror que me invade me impide recordar con claridad por qué empecé a pasar información al otro bando. Quiero pensar que fue por dinero, pero me temo que fue por vanidad, por creerme alguien decisivo en el conflicto.

A medida que va clareando el cielo se me hace más difícil ordenar mis ideas, los recuerdos se mezclan y el caos se apodera de mi mente. Lo que más me preocupa es morir solo, o lo que es peor, morir rodeado de caras desconocidas, impasibles. Noto que se me humedecen los ojos de desesperación.

Justo al aparecer el sol en el horizonte, aparecen en la puerta tres hombres: dos guardias y un cura. Al posar mi mirada sobre el cura, un grito de odio explota en la celda. Está saliendo de mi boca. Reconozco al cura. Es mi hermano, mi delator.